sábado, 27 de julio de 2019

El Arte como camino de Evangelización

Consejo Pontificio de la Cultura

2. LA BELLEZA DE LAS ARTES
Si la naturaleza y el cosmos son expresión de la belleza del Creador e introducen en el umbral de un silencio contemplativo, la creación artística posee la capacidad de evocar el inefable del misterio de Dios. La obra de arte no es «la belleza», pero sí su expresión y, si bien obedece a cánones fluctuantes, posee un carácter intrínseco de universalidad. La belleza artística suscita emoción interior, provoca en el silencio un arrebatamiento que lleva a salir de sí, al «ex-tasis».

Para el creyente, la belleza trasciende la estética y lo bello encuentra su arquetipo en Dios. La contemplación de Cristo en su misterio de Encarnación y Redención es la fuente viva de la que el artista cristiano extrae la propia inspiración para expresar el misterio de Dios y el misterio del hombre salvado en Jesucristo. Toda obra de arte cristiana tiene un sentido: es, por naturaleza, un «símbolo», una realidad que remite más allá de sí misma y ayuda a avanzar por el camino que revela el sentido, el origen y la meta de nuestro camino terreno. Su belleza está caracterizada por su capacidad de provocar el paso de lo que es «para sí» a lo «más grande que sí». Este paso se realiza en Jesucristo, que es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), la «Verdad toda entera» (Jn 16,13).

A) LA BELLEZA SUSCITADA POR LA FE
Las obras de arte de inspiración cristiana, que constituyen una parte incomparable del patrimonio artístico y cultural de la humanidad, son objeto de un auténtico entusiasmo por parte de multitudes de turistas, creyentes o no creyentes, agnósticos o indiferentes al hecho religioso. Este fenómeno está en continuo aumento y llega a todas las categorías de la población, sin distinción de cultura y de religión. La cultura, en el sentido de «patrimonio espiritual», se ha «democratizado» fuertemente: gracias al extraordinario desarrollo de la tecnología, las obras de arte se han acercado al pueblo. Hoy día, un minúsculo aparato electrónico puede contener toda la obra de Mozart o Bach, lo mismo que se hallan al alcance de todos millares de miniaturas de la Biblioteca Vaticana, grabadas en un disco video digital.
El rostro de Cristo, en su belleza singular, las escenas del Evangelio y los grandes acontecimientos proféticos del Antiguo Testamento, el Gólgota, la Virgen con el Niño, la Dolorosa, a lo largo de los siglos han representado una fuente fecunda de inspiración para los artistas cristianos. Con una extraordinaria riqueza imaginativa, estos se han esforzado, mediante una búsqueda continua y continuamente renovada, por representar la belleza de Dios revelada en Cristo y de hacerla cercana, casi tangible y visible. De alguna manera, el artista prolonga la Revelación obrando con las formas, las imágenes, los colores o los sonidos. Mostrando cuán hermoso es Dios, dice cuánto lo es para el hombre, como su propio bien y verdad última de la existencia. La belleza cristiana es portadora de una verdad más grade que el corazón del hombre, verdad que supera el lenguaje humano e indica su Bien, lo único esencial.

Los Cardenales de la Santa Iglesia Romana tuvieron ocasión de percibir el Juicio Universal de Miguel Ángel en toda su tremenda belleza en la Capilla Sextina durante la elección del nuevo Pontífice. Las catedrales e iglesias tocan el culmen de su esplendor cuando en ellos todo un pueblo celebra la liturgia resplandeciente de belleza.

Las abadías y monasterios se convierten en oasis de paz cuando en ellos resuenan las melodías inmutables, que a lo largo de los siglos desempeñan su función de alabanza, de súplica de acción de gracias. Hombres y mujeres de todas las épocas y de todas las culturas han experimentado una profunda emoción, hasta abrir el corazón a Dios, contemplando el rostro de Cristo en la cruz, como a su tiempo Francisco de Asís, o escuchando el canto de la Pasión o el Te Deum, de rodillas ante un retablo dorado o un icono bizantino.

El Papa Juan Pablo II, en su Carta a los artistas, ha convocado a una nueva epifanía de la belleza y a un nuevo diálogo entre la fe y la cultura, entre la Iglesia y el arte, subrayando la necesidad de recíproca de la una y de la otra y la fecundidad de su alianza milenaria, de la que brota la «creación en la belleza», de la que Platón ya hablaba en el Simposio [28].

Si el ambiente cultural condiciona fuertemente al artista, surge entonces la pregunta: cómo ser custodios de la belleza, según el deseo de von Balthasar, en esta cultura artística contemporánea en la que la seducción erótica omnipresente hipertrofia los instintos y el imaginario e inhibe las facultades espirituales. Salvar la belleza es salvar al hombre. Tal es el papel de la Iglesia, «experta en humanidad».


La Via Pulchritudinis
(La Vía de la Belleza)
Asamblea Plenaria 2004

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