El Arte como camino de Evangelización
Consejo Pontificio de la Cultura
2. LA BELLEZA DE LAS ARTES
Si la naturaleza y el cosmos son
expresión de la belleza del Creador e introducen en el umbral de un silencio
contemplativo, la creación artística posee la capacidad de evocar el inefable del
misterio de Dios. La obra de arte no es «la belleza», pero sí su expresión y,
si bien obedece a cánones fluctuantes, posee un carácter intrínseco de
universalidad. La belleza artística suscita emoción interior, provoca en el
silencio un arrebatamiento que lleva a salir de sí, al «ex-tasis».
Para el
creyente, la belleza trasciende la estética y lo bello encuentra su arquetipo en Dios. La contemplación de Cristo en su misterio de Encarnación y Redención es
la fuente viva de la que el artista cristiano extrae la propia inspiración para
expresar el misterio de Dios y el misterio del hombre salvado en Jesucristo.
Toda obra de arte cristiana tiene un sentido: es, por naturaleza, un «símbolo»,
una realidad que remite más allá de sí misma y ayuda a avanzar por el camino
que revela el sentido, el origen y la meta de nuestro camino terreno. Su
belleza está caracterizada por su capacidad de provocar el paso de lo que es
«para sí» a lo «más grande que sí». Este paso se realiza en Jesucristo, que es
«el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), la «Verdad toda
entera» (Jn 16,13).
Las obras de arte de inspiración
cristiana, que constituyen una parte incomparable del patrimonio artístico y
cultural de la humanidad, son objeto de un auténtico entusiasmo por parte de
multitudes de turistas, creyentes o no creyentes, agnósticos o indiferentes al
hecho religioso. Este fenómeno está en continuo aumento y llega a todas las
categorías de la población, sin distinción de cultura y de religión. La cultura,
en el sentido de «patrimonio espiritual», se ha «democratizado» fuertemente:
gracias al extraordinario desarrollo de la tecnología, las obras de arte se han
acercado al pueblo. Hoy día, un minúsculo aparato electrónico puede contener
toda la obra de Mozart o Bach, lo mismo que se hallan al alcance de todos
millares de miniaturas de la Biblioteca Vaticana, grabadas en un disco video
digital.
El rostro de
Cristo, en su belleza singular, las escenas del Evangelio y los grandes
acontecimientos proféticos del Antiguo Testamento, el Gólgota, la Virgen con el
Niño, la Dolorosa, a lo largo de los siglos han representado una fuente fecunda
de inspiración para los artistas cristianos. Con una extraordinaria riqueza
imaginativa, estos se han esforzado, mediante una búsqueda continua y
continuamente renovada, por representar la belleza de Dios revelada en Cristo y
de hacerla cercana, casi tangible y visible. De alguna manera, el artista
prolonga la Revelación obrando con las formas, las imágenes, los colores o los
sonidos. Mostrando cuán hermoso es Dios, dice cuánto lo es para el hombre, como
su propio bien y verdad última de la existencia. La belleza cristiana es
portadora de una verdad más grade que el corazón del hombre, verdad que supera
el lenguaje humano e indica su Bien, lo único esencial.
Los
Cardenales de la Santa Iglesia Romana tuvieron ocasión de percibir el Juicio
Universal de Miguel Ángel en toda su tremenda belleza en la Capilla Sextina
durante la elección del nuevo Pontífice. Las catedrales e iglesias tocan el
culmen de su esplendor cuando en ellos todo un pueblo celebra la liturgia
resplandeciente de belleza.
Las abadías
y monasterios se convierten en oasis de paz cuando en ellos resuenan las
melodías inmutables, que a lo largo de los siglos desempeñan su función de
alabanza, de súplica de acción de gracias. Hombres y mujeres de todas las
épocas y de todas las culturas han experimentado una profunda emoción, hasta
abrir el corazón a Dios, contemplando el rostro de Cristo en la cruz, como a su
tiempo Francisco de Asís, o escuchando el canto de la Pasión o el Te
Deum, de rodillas ante un retablo dorado o un icono bizantino.
El Papa Juan Pablo II, en su Carta
a los artistas, ha convocado a una nueva epifanía de la
belleza y a un nuevo diálogo entre la fe y la cultura, entre la
Iglesia y el arte, subrayando la necesidad de recíproca de la una y de la otra
y la fecundidad de su alianza milenaria, de la que brota la «creación en la
belleza», de la que Platón ya hablaba en el Simposio [28].
Si el ambiente cultural condiciona
fuertemente al artista, surge entonces la pregunta: cómo ser custodios de la
belleza, según el deseo de von Balthasar, en esta cultura artística
contemporánea en la que la seducción erótica omnipresente hipertrofia los
instintos y el imaginario e inhibe las facultades espirituales. Salvar la
belleza es salvar al hombre. Tal es el papel de la Iglesia, «experta en
humanidad».
La Via Pulchritudinis
(La Vía de la Belleza)
(La Vía de la Belleza)
Asamblea Plenaria 2004



